Todo viaje consta de un principio y de un final. Así
como todo final acaba convirtiéndose en el punto de partida de un nuevo
comienzo.
Yo estuve a su lado desde que nació. Como compañera
fiel la he seguido desde el principio hasta el final de esta aventura y estaré
junto a ella siempre, una y otra vez, hasta su último día. Quizá entonces yo
también deje de caminar o quizá permanezca junto a otros que recuerden lo que
ella fue mientras estuvo viva. Sin embargo eso es algo que ahora no nos
concierne.
Yo simplemente estoy aquí para contar desde el
principio su travesía más reciente. Una experiencia difícil para ambas pero
sobre todo para ella.
Todo comenzó un domingo nueve de octubre del año
2011 cuando el reloj de calaveras colgado en la pared marcaba las diez de la
noche.
Anabelle sintió la necesidad de salir de casa porque
ya no aguantaba más el eco envolvente del silencio. Se puso su chupa de cuero y
sus botas, cogió sus llaves del cenicero con forma de corazón, se colocó el
bolso de bandolera y abrió la puerta para después cerrarla de un leve portazo.
Tuve que acompañarla en su deambular desorientado
por las calles de nuestra ciudad. Mientras ella divisaba en los cristales de
los portales cercanos el reflejo de su silueta y solo conseguía ver a una joven
de cabello oscuro despeinado y tez blanca demacrada, yo era capaz de distinguir
a la niña risueña y feliz que llevaba dentro.
Solo yo la observaba. La poca gente que caminaba por
las calles a esas horas ni siquiera reparó en su presencia.
Si lo hubieran hecho se hubieran dado cuenta de que
andaba con dificultad, de que sus botas de estilo militar chapoteaban entre los
charcos dando tumbos en zig-zag, que sus pies no tenían un rumbo fijo al que
dirigirse.
Si la hubieran mirado a los ojos se hubieran
percatado de que detrás de su mirada se escondía una tristeza infinita que la
consumía por dentro, y que lo más probable es que su corazón caminara lento,
sin fuerzas, sin sueños, sin aspiraciones.
Solo yo supe ver más allá. Solo yo vi que era una
chica de veintiséis años que luchaba por acallar los pensamientos negativos que
bombardeaban su cabeza, que necesitaba ayuda para salir del pozo en el que se
había sumergido meses atrás. Al fin y al cabo yo la conocía de siempre, conocía
todos sus pensamientos, sus estados de ánimo, sus tormentos, sus anhelos, sus
miedos.
Mientras caminábamos en todo momento la sujeté desde
atrás, rodeándola con mis brazos su cintura, ayudándola paso a paso para que no
se cayera sobre la acera mojada. Sin embargo ella no fue capaz de percibir que
estaba a su lado, que éramos dos en este viaje. Si la melancolía no la hubiera tenido totalmente hechizada, yo
sé que ella hubiera notado mi presencia. Y entonces hubiera sabido que yo nunca
la abandonaría por muy huracanadas que fuesen las tormentas, y quizá no se
hubiera sentido tan sola.
Llegamos a la plaza del ayuntamiento y nos sentamos
en uno de los bancos en el mismo momento en el que sus pies decidieron no
volver a moverse por un rato largo.
La lluvia comenzó a caer con fuerza pero ella ni
siquiera se inmutó. Con los ojos cerrados sumergida en sus pensamientos parecía
ajena a la realidad. Y así era, estaba sumida en un mundo paralelo. El mundo de
los sueños y de los sentimientos.
Cerré mis párpados también al posarme sobre su
espalda, rodeé sus brazos apoyados sobre el respaldo del banco con mis brazos,
y juntas comenzamos a viajar a otros lugares mientras las gotas de agua fría
caían desde el cielo empapándonos por completo.
Todo era agua. Agua en nuestra realidad, agua en sus
sueños.
La imagen de un pequeño corazón dentro de un
barquito de cristal transparente comenzó a cobrar vida en su cabeza. Un corazón
solitario que navegaba entre las olas revueltas de un infinito mar. En el cielo
dominaba una oscuridad imponente, la única luz que brillaba era la de los
relámpagos anunciando tormenta. A cada vaivén el vidrio que lo envolvía se iba
debilitando por las embestidas del agua y la arena embravecida, a cada latido
los estruendos de los truenos se iban acercando.
Si la caja que lo protegía se agrietaba, moriría
ahogado a la deriva, eso era algo que las dos sabíamos. Por ello Anabelle no
pudo evitar sentirse más triste de lo que ya estaba y un montón de lágrimas se
deslizaron desde sus párpados cerrados.
A cada sollozo las olas del mar representado en su
pensamiento se iban haciendo más grandes, la furia iba creciendo al igual que
el estruendo de los truenos.
No tardamos mucho en comprender que ese corazón a la
deriva era su corazón, que ese mar embravecido era su alma, los granos de arena
todas sus tristezas, las partículas de agua todas las lágrimas que había
acallado durante este tiempo. Y que la tempestuosa tormenta que acechaba su
corazón estaba formada por todos los agrios recuerdos, por todos los miedos que
la hacían enloquecer, por esas ausencias que matan, por ese vacío que dejan las
personas a las que queremos cuando son abrazadas por la muerte.
Anabelle rompió a llorar de nuevo al enfrentarse a
su realidad y yo la acompañé pensando que el dolor disminuiría con cada gota
transparente derramada, pero no fue así.
Las olas del mar crecieron aún más y envolvieron con
su fuerza la cajita de cristal, la zarandearon hasta que acabaron partiéndola
en dos. El pequeño corazón indefenso se hundió en el agua congelada del norte,
azotado por la mezcla de arena y espuma. Y cuando ambas creímos que todo había
acabado…cuatro manos lo salvaron de ahogarse vivo y lo devolvieron a la
superficie.
Y la noche dejó de ser noche, la tormenta cesó y los
rayos del sol surgieron de la nada impregnándolo todo con una luz radiante
incomprensible.
Frente a nuestras pupilas se presentaron esas cuatro
manos, dos de ellas de apariencia suave y las otras dos más ásperas. Las suaves
lo acunaron durante un rato entre balanceos para luego depositarlo en las otras
dos manos que a pesar de su aspereza lo acariciaron con la mayor de las
ternuras.
Entre baile y baile dos voces distintas -que
enseguida supimos reconocer como los dueños de esas manos-, comenzaron a
susurrar bajito un montón de palabras. Palabras que disfrazaron numerosos
recuerdos de instantes ya vividos que como pequeñas diapositivas se fueron
sucediendo ante nuestras retinas atentas. Momentos de su infancia, de su
adolescencia, abrazos, miradas, gestos, sonrisas.
El rostro de Anabelle se fue relajando. Una pequeña
sonrisa se situó en la comisura de sus labios para no abandonarla mientras la
lluvia siguió aconteciendo sin lograr empaparla los huesos. Y durante más o
menos una hora su abuela y su padre la susurraron entre cánticos algunos de los
buenos momentos que juntos habían vivido, la gritaron bajito todos y cada uno
de sus sueños recordándoselos y la hicieron ver que debía continuar con su vida
porque ellos no la abandonarían nunca.
- ¡Pequeña lo que un día fuimos para ti seguirá
siempre dentro de tu sangre, no dejes que la melancolía y los miedos te
abracen! - pronunció su abuela.
- ¡Anabelle, saca el espíritu revolucionario que te
transmití y enfréntate a todo, que nada te impida ser feliz ni luchar por tus
sueños, ni siquiera mi repentina marcha! - susurró su padre rompiendo el
silencio.
- ¡Tienes que ser una guerrera, nuestra guerrera
valiente! ¡Además nosotros dos siempre estaremos contigo! - dijeron los dos al
unísono.
Y gritando muy fuerte Anabelle les contestó:
- ¡Os lo prometo, lucharé por mí y por vosotros! ¡Os
quiero y siempre os querré!
El reloj del ayuntamiento marcó las once y cuarto de
la noche y las dos nos despertamos sobresaltadas volviendo a la realidad. El
sueño había acabado. Y Anabelle comenzó a sentirse distinta dentro de su
corazón, ya no se sentía ni tan perdida, ni tan sola.
Con una sonrisa en sus labios se acurrucó cambiando
de posición sobre el banco, apoyó su espalda en el respaldo y juntó sus
rodillas contra el pecho. Pensativa se quedó dormida de nuevo con la cabeza
cobijada entre sus piernas.
La lluvia había parado y sin embargo aún quedaba
lluvia en su alma que debía desaparecer. Yo me incliné sobre su hombro y
acariciándola su pelo húmedo y enmarañado entré en una especie de duermevela
junto a ella.
Sé que ella se percató de mi presencia porque al
acariciarla su pelo ronroneó como un pequeño gatito. Yo no pude evitar reír
para mí misma, feliz de que comenzara a despertar.
A los pocos segundos nuevas instantáneas regresaron
a sus pensamientos pero esta vez no apareció el mar.
Frente a sus ojos sobre un fondo oscuro y nebuloso
comenzó a surgir un río de agua turbia que recorría acelerado las calles de una
ciudad, unas calles que ambas conocíamos muy bien porque las habíamos
transitado juntas mil veces. Y el corazón en la cajita de cristal apareció de
la nada tras una esquina, guiado por la corriente del agua, balanceándose de un
lado para otro entre las aceras grises, surcando el pavimento, perdiéndose
entre la niebla…
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Continuará...
Leído. Déjame que lo repose para comentártelo.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo
Precioso, escribes de fábula. En serio, mi más sincera enhorabuena.
ResponderEliminarUn beso enorme
Cuántas sensaciones me transmite el agua...
ResponderEliminarVoy a leer el final porque eres genial.
Un beso.
Me voy al continuará y comento entonces :)
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